Estábamos sentados en una mesa metálica gris dentro de un cuarto con poca luz. La iluminación de neón sobre nuestras cabezas y el iMac antiguo detrás de nosotros me hicieron sentir como si hubiera entrado a los años ochenta. Habíamos terminado allí tratando de escapar del ruido del salón juvenil. El espacio estaba lleno de organizadores que preparaban la elección cuatrienal del CMJ, una elección juvenil organizada por la Registraduría Nacional que se realiza en cada municipio para escoger un consejo encargado de programas y otros asuntos relacionados con la juventud. Las pizarras, cubiertas de notas y esquemas, dejaban claro que había mucho por hacer antes del gran día y que nadie entendía mejor esa carga que el hombre frente a mí.



Pedro Restrepo Botero hablaba con una pequeña risa al final de cada frase. Era evidente que estaba emocionado, como si todo esto fuera nuevo para él, aunque, si algo sé de nuestro entrevistado, es que no le falta exposición pública. Había sido la cara principal de su partido político, Libertad Guarceña, durante el último año.

Gran parte de su campaña la llevó con una agenda social cuidadosamente curada, ejecutada con precisión y suavizada por una expresión alegre y una actitud amable. Con esto en mente, no sorprendía que pasara a un ritmo natural y relajado apenas comenzaba la entrevista. Cada respuesta se sentía espontánea y sencilla, aunque, al repasarlas con atención, parecían curiosamente pensadas, quizá incluso calculadas. Había dominado el arte de difuminar la línea entre lo formal y lo casual.


“Yo soy una cajita de sorpresas, tengo muchas cosas muy raras.”


Eso se notaba incluso en su vestuario. Para esta entrevista llevaba una camisa negra de lino, de manga larga y corte suelto, acompañada por unos pantalones caqui igualmente amplios. El concepto era serio; la ejecución, digerible. Y, por lo que habíamos visto hasta ese momento, claramente le estaba funcionando.


En octubre, Libertad Guarceña disputó contra otros diez partidos, la mayoría conocidos y votados a nivel nacional, y aun así obtuvo un puesto en el CMJ de El Retiro con la segunda mayor cantidad de votos, solo por detrás de

Centro Democrático. Lo cual planteaba una pregunta inevitable: ¿cómo?


La respuesta parecía estar menos en la estructura del partido y más en los individuos con los que logró conectar. Las personas a las que representaba dentro del CMJ abarcaban todo el rango de la juventud, muchas de las cuales se sentían abrumadas y aburridas por la complejidad y la opacidad de la política nacional. La imagen de una burocracia dirigida por adultos en traje los intimidaba y los distanciaba. En cambio, la idea de una República encarnada en un representante cercano y capaz hacía que todo resultara más digerible, quizá incluso interactivo.


Pero esa cercanía, que hasta ahora parecía ser su mayor fortaleza, también exigía un equilibrio difícil de sostener. Cuando la balanza se inclina, Pedro lo reconoce sin dramatismo. En el ambiente político, explica, no hay espacio para la improvisación inocente. Todo debe ser medido, investigado, previsto.


“En la política todo tiene que ser muy planificado y tiene que haber una investigación muy rigurosa. Entonces, cuando yo voy a hablar, tengo que tener cuidado con lo que voy a decir en cierto lugar y pierdo la espontaneidad”, dice.


A partir de ese momento, su forma de hablar cambia. No pierde claridad ni honestidad, pero aparecen pausas más largas, silencios calculados, frases que se reformulan antes de terminar. La ligereza que había marcado el inicio de la conversación convive ahora con una cautela visible, como si cada palabra tuviera que atravesar un filtro previo antes de salir.


Mantener esa balanza nivelada, entre lo lúdico y lo institucional, entre lo cercano y lo político, no siempre es sencillo. Y ese desajuste no se limita al espacio público. Pedro admite que una de las principales consecuencias de asumir un rol político es la disolución de los límites entre la vida personal y la vida pública.

“[Cuando uno está en el escenario político] se pierde mucho el límite entre la vida personal y la vida pública, sino que ahí se mezclan las dos. De pronto es eso: que la gente cree que puede opinar de mi vida personal normalmente porque estoy en algo público. Es como únicamente eso. Ni siquiera respecto a mí, sino de personas de mi entorno, personas con las que yo he compartido mi vida, cómo y con quién he estado”.


Esa tensión no apareció con la campaña ni con el cargo. Tampoco fue el resultado de un error o de una corrección tardía. La necesidad de medir cada gesto llegó después.

Mucho antes de aprender a sostener esa balanza, Pedro ya sabía lo que era ocupar un espacio con su voz. No desde el cálculo, sino desde la convicción.


Pedro tenía once años cuando entendió que su voz tenía el poder de cambiar la forma en que se comportan las personas dentro de una habitación. Desde pequeño había existido cierta comodidad con la forma de hablar, una facilidad natural para decir las cosas en voz alta. Él sentía que eso era un regalo heredado de su padre, un hombre con una manera particular de expresarse y una fuerte presencia de liderazgo, nacida de las circunstancias difíciles de la Antioquia rural.


En quinto grado, un profesor reconoció esas habilidades y lo invitó a participar en un acto cívico. Fue su primera invitación a un espacio formal para hablar en público. Desde ese momento empezó a presentarse como Pedro Botero. No funcionaba tanto como un alter ego, sino como un lugar que estaba comenzando a ocupar y que, de alguna forma, seguiría ocupando durante el resto de su vida.


Ese mismo año se realizó un acto cívico dedicado al rector fallecido de la institución, en el que se presentó a un nuevo directivo.


El ambiente era tan pesado como los anteriores. Los estudiantes, que habían bajado desde las veredas, estaban cansados y con frío; algunos incluso sin haber desayunado. Durante el acto, el rector los regañó por su falta de energía y luego se retiró a su oficina.


Eso fue así hasta el momento en que Pedro lo llamó desde la asamblea del colegio. No para reivindicarlo, sino para pedirle que los escuchara. Cuando finalmente regresó, Pedro le explicó las complicaciones que estaban viviendo sus compañeros y la incomprensión que demostraba el rector al no reconocerlas.

Pedro no hablaba velozmente ni sonaba enojado; sonaba tranquilo, quizá demasiado tranquilo para su edad, como si estuviera explicando algo que todo el mundo ya sabía, pero que nadie había dicho en voz alta.


Hablar del frío, de lo temprano que los chicos salían de sus casas en las veredas y de quienes se habían levantado sin desayunar no era simplemente defender el cansancio: era comprenderlo.


Por un momento no pasó nada. Luego alguien empezó a aplaudir. Después otro. No explotó de golpe; fue creciendo. No eran solo sus compañeros de clase. También se sumaron estudiantes mayores, representantes estudiantiles, personas que técnicamente estaban allí para observar.


Pedro no había planeado esa parte. No sonrió de inmediato ni intentó aprovechar el momento. Simplemente se quedó ahí, casi confundido, tratando de entender cómo la sala lo había seguido tan rápido.


“Esto es lo mío”, recuerda haber pensado. No porque se sintiera poderoso, sino porque se sentía natural.


Después de ese día, la gente empezó a tratarlo distinto. Profesores, estudiantes, organizadores. Como si fuera alguien a quien se podía volver a llamar para hablar. Alguien a quien se podía poner al frente cuando las cosas se volvían incómodas.

Pedro no fue a buscar ese rol, pero tampoco lo evitó. Cuando tu voz provoca eso en una habitación, no te deja desaparecer del todo.


Ese impulso de hablar nunca se fue. Con los años, Pedro aprendió a manejarlo: a contenerlo, a medirlo, a pensar lo que dice sin apagarlo del todo. La voz que alguna vez habló desde la intuición hoy se mueve dentro de límites más claros, atravesada por reglas, estrategias y por la conciencia de que cada palabra tiene consecuencias.


No son dos Pedros distintos. El que habla porque algo le parece evidente sigue ahí, pero ahora convive con otro que planea, calcula y se cuida antes de actuar. Entre los dos existe una tensión constante que termina definiendo no solo su forma de hacer política, sino también la manera en que vive y se expone.


Volvemos al cuarto de luz tenue. La mesa metálica sigue en el mismo lugar, el iMac viejo permanece al fondo. Pedro sigue hablando, con pausas más largas y con esa mezcla de cercanía y cuidado que lo caracteriza. Afuera, el salón juvenil sigue sonando, las pizarras se siguen llenando y la conversación queda suspendida. Pedro no se mueve: está ahí, presente, sosteniendo una balanza invisible que nunca deja de moverse.